(de hecho, este inhóspito lugar no es una sabana)
es el lugar de las desilusiones y decepciones
el lugar de la eterna visita del hambre, la enfermedad , la agria desolación
(y luego la muerte)
El hollín,
el polen del Capin melao y el smog en el caldo suspendido que respiramos
bajo la humedad que sudan las estatuas
las nubes anuncian el diluvio divino,
el inquebrantable llanto de los ángeles frustrados
entonces,
alguien mira el cielo esperando respuestas al porqué de tanta miseria
el cielo responde con lluvia
que lavará las caras manchadas e insomnes de quienes hoy sin vida,
caminan por esta tierra.
En rascacielos erosionados se difumina todo rastro de esperanza
bajo el rodar de las maletas de quienes se marchan para siempre,
con el equipaje de sueños rotos y nostalgia prolongada,
se deja en este territorio: la angustia de saber si vida tendrías mañana
la impotencia hacia tanto caos
la ansiedad de lo que podría pasar luego de despertar
cada epifanía, cada presagio
y cada identidad es abandonada.
Sepultureros se han convertido los habitantes de casas muertas
infelices, desolados y distópicos
en este lugar de muerte proyectada en las pupilas de quienes lo habitan
de torres sin reyes, bulevares sin color, casas coloniales de historia olvidada
en la involución de sus habitantes
el paso tiempo a la espera del fin
en esta ciudad y país casas muertas.
Pobre de M.O.S,
quien pensaría que escribiría una premonición
porque, en cada ciudad y en cada habitante
hay un Ortiz que se pierde al desolar
un Ortiz palúdico, hambriento y melancólico
un Ortiz enterrando a quienes decidieron morir,
sin libertad y sin futuro,
de quienes caminan apresurados en ciudades herméticas
y que poco a poco verán marchar todo vestigio de luz,
cubiertos por la sombra de la muerte que se avecina,
y la desesperanza que es parte de la cotidianidad,
en el hoy, cada uno lleva una casa muerta
una casa que el tiempo y la agonía desintegra.
Cachalote
12 de diciembre del 2016
Miranda, Venezuela.

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